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La dama tapada: Un susurro fatal en la medianoche quiteña

Actualizado: hace 2 días

Las calles de Quito guardan secretos que solo emergen cuando el sol se oculta y la niebla desciende desde las faldas del Pichincha para abrazar las cúpulas coloniales. En el silencio de la madrugada, cuando los faroles apenas dibujan sombras alargadas sobre los adoquines, los antiguos vecinos sabían que había ciertos umbrales que no debían cruzarse y ciertos cantos a los que jamás se debía responder.


Dicen que por aquellos callejones oscuros solía deambular una figura enigmática que desafiaba a los sentidos. Era una mujer envuelta de pies a cabeza en finos y elegantes mantos negros, una silueta misteriosa que caminaba con paso suave y cadencioso, desandando la ruta de los noctámbulos empedernidos. Los trasnochadores, atraídos por su misterioso garbo y el perfume a jazmín y azahares que dejaba a su paso, caían irremediablemente en su hechizo.


Cuentan que la dama elegía con cuidado a sus víctimas: hombres jactanciosos, bohemios o aquellos que presumían de valientes tras unas cuantas copas de licor. Al verla caminar sola, apresuraban el paso para alcanzarla.

«Hermosa dama, ¿por qué camina sola a estas horas de la noche tan fría?», solían preguntarle con la confianza típica de quien se cree dueño de la noche.


La mujer, sin voltear el rostro, se detenía ligeramente, exhalaba un suspiro sutil y, con una voz suave y melodiosa que helaba la sangre, le invitaba a seguirla: — «Sígueme si te atreves...»


Enganchados en un trance de curiosidad y deseo, los hombres la seguían calle abajo, doblando esquinas laberínticas que parecían repetirse en un bucle interminable. La distancia entre ambos se acortaba, y el perfume de azahar se volvía cada vez más intenso, casi embriagador.


Finalmente, la misteriosa mujer se detenía frente a un zaguán oscuro o al borde de una plaza desierta. Giraba lentamente sobre sus talones y levantaba el espeso velo que cubría su rostro. El infeliz pretendiente, esperando encontrar unos ojos cautivadores, se topaba de frente con una visión terrorífica: un cráneo desarnado, una calavera con cuencas vacías donde ardían brasas de fuego y una sonrisa macabra que parecía burlarse de su osadía.


Antes de que el eco del grito pudiera escapar de la garganta del hombre, la Dama Tapada le exhalaba un aliento helado con olor a sepulcro, dejándolo tendido en el suelo, desvanecido por el terror y con el alma a punto de quebrarse. Quienes lograban sobrevivir a la experiencia no volvían a pisar la calle de noche; pasaban el resto de sus días mudos de espanto, consumidos por la fiebre y recordando que la curiosidad, en el Quito colonial, solía cobrarse un precio muy alto.



Tu próxima parada: Vive la leyenda en persona


Si al leer estas líneas sentiste el misterio de la noche andina, imagínate recorrer los mismos rincones donde la Dama Tapada sembraba el pánico.


  • Sugerencia turística: Te invitamos a realizar un recorrido nocturno guiado por las calles de La Ronda y las inmediaciones del Centro Histórico. Déjate envolver por la arquitectura colonial bajo la luz de los faroles y descubre los zaguanes donde, según los abuelos, la misteriosa silueta negra aún acecha a los caminantes distraídos. ¡Una aventura imperdible!


Nota para quien nos lee

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¿Te atreverías a caminar solo por el Centro Histórico a la medianoche? Déjanos tu comentario.

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